Unamuno

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Unamuno, literatura hiszpańska
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M
IGUEL DE
U
NAMUNO
NIEBLA
Niebla
Miguel de Unamuno
NIEBLA - Miguel de Unamuno (1864 – 1936)
(c) 1914
Edición Electrónica:
El Trauko
Versión 1.0 en Word 97

La Biblioteca de El Trauko

trauko33@mixmail.com
Chile - Octubre 2001
Texto digital # 89
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Gentileza de El Trauko
NIEBLA
Miguel de Unamuno
I
Al aparecer Augusto a la puerta de su casa extendió el brazo derecho, con la mano palma abajo y
abierta, y dirigiendo los ojos al cielo quedóse un momento parado en esta actitud estatuaria y augusta. No
era que tomaba posesión del mundo exterior, sino era que observaba si llovía. Y al recibir en el dorso de
la mano el frescor del lento orvallo frunció el sobrecejo. Y no era tampoco que le molestase la llovizna,
sino el tener que abrir el paraguas. ¡Estaba tan elegante, tan esbelto, plegado y dentro de su funda! Un
paraguas cerrado es tan elegante como es feo un paraguas abierto.
«Es una desgracia esto de tener que servirse uno de las cosas —pensó Augusto—; tener que
usarlas, el uso estropea y hasta destruye toda belleza. La función más noble de los objetos es la de ser
contemplados. ¡Qué bella es una naranja antes de comida! Esto cambiará en el cielo cuando todo nuestro
oficio se reduzca, o más bien se ensanche a contemplar a Dios y todas las cosas en Él. Aquí, en esta
pobre vida, no nos cuidamos sino de servirnos de Dios; pretendemos abrirlo, como a un paraguas, para
que nos proteja de toda suerte de males.»
Díjose así y se agachó a recogerse los pantalones. Abrió el paraguas por fin y se quedó un
momento suspenso y pensando: «y ahora, ¿hacia dónde voy? ¿Tiro a la derecha o a la izquierda?»
Porque Augusto no era un caminante, sino un paseante de la vida. «Esperaré a que pase un perro —se
dijo— y tomaré la dirección inicial que él tome.»
En esto pasó por la calle no un perro, sino una garrida moza, y tras de sus ojos se fue, como
imantado y sin darse de ello cuenta, Augusto.
Y así una calle y otra y otra.
«Pero aquel chiquillo —iba diciéndose Augusto, que más bien que pensaba hablaba consigo
mismo—, ¿qué hará allí, tirado de bruces en el suelo? ¡Contemplar a alguna hormiga, de seguro! ¡La
hormiga. ¡bah!, uno de los animales más hipócritas! Apenas hace sino pasearse y hacernos creer que
trabaja. Es como ese gandul que va ahí, a paso de carga, codeando a todos aquellos con quienes se
cruza, y no me cabe duda de que no tiene nada que hacer. ¡Qué ha de tener que hacer, hombre, qué ha
de tener que hacer! Es un vago, un vago como... ¡No, yo no soy un vago! Mi imaginación no descansa.
Los vagos son ellos, los que dicen que trabajan y no hacen sino aturdirse y ahogar el pensamiento.
Porque, vamos a ver, ese mamarracho de chocolatero que se pone ahí, detrás de esa vidriera, a darle al
rollo majadero, para que le veamos, ese exhibicionista del trabajo, ¿qué es sino un vago? Y a nosotros
¿qué nos importa que trabaje o no? ¡El trabajo! ¡El trabajo! ¡Hipocresía! Para trabajo el de ese pobre
paralítico que va ahí medio arrastrándose... Pero ¿y qué sé yo? ¡Perdone, hermano! —esto se lo dijo en
voz alta—. ¿Hermano? ¿Hermano en qué? ¡En parálisis! Dicen que todos somos hijos de Adán. Y este,
Joaquinito, ¿es también hijo de Adán? ¡Adiós, Joaquín! ¡Vaya, ya tenemos el inevitable automóvil, ruido y
polvo! ¿Y qué se adelanta con suprimir así distancias? La manía de viajar viene de topofobía y no de
filotopía; el que viaja mucho va huyendo de cada lugar que deja y no buscando cada lugar a que llega.
Viajar... viajar... Qué chisme más molesto es el paraguas... Calla, ¿qué es esto?»
Y se detuvo a la puerta de una casa donde había entrado la garrida moza que le llevara imantado
tras de sus ojos. Y entonces se dio cuenta Augusto de que la había venido siguiendo. La portera de la
casa le miraba con ojillos maliciosos, y aquella mirada le sugirió a Augusto lo que entonces debía hacer.
«Esta Cerbera aguarda —se dijo— que le pregunte por el nombre y circunstancias de esta señorita a que
he venido siguiendo y, ciertamente, esto es lo que procede ahora. Otra cosa sería dejar mi seguimiento
sin coronación, y eso no, las obras deben acabarse. ¡Odio lo imperfecto!» Metió la mano al bolsillo y no
encontró en él sino un duro. No era cosa de ir entonces a cambiarlo, se perdería tiempo y ocasión en ello.
—Dígame, buena mujer —interpeló a la portera sin sacar el índice y el pulgar del bolsillo—,
¿podría decirme aquí, en confianza y para
inter nos
, el nombre de esta señorita que acaba de entrar?
—Eso no es ningún secreto ni nada malo, caballero.
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Niebla
Miguel de Unamuno
—Por lo mismo.
—Pues se llama doña Eugenia Domingo del Arco.
—¿Domingo? Será Dominga...
—No, señor, Domingo; Domingo es su primer apellido.
—Pues cuando se trata de mujeres, ese apellido debía cambiarse en Dominga. Y si no, ¿dónde
está la concordancia?
—No la conozco, señor.
—Y dígame... dígame... —sin sacar los dedos del bolsillo—, ¿cómo es que sale así sola? ¿Es
soltera o casada? ¿Tiene padres?
—Es soltera y huérfana. Vive con unos tíos...
—¿Paternos o maternos?
—Sólo sé que son tíos.
—Basta y aun sobra.
—Se dedica a dar lecciones de piano.
—¿Y lo toca bien?
—Ya tanto no sé.
—Bueno, bien, basta; y tome por la molestia.
—Gracias, señor, gracias. ¿Se le ofrece más? ¿Puedo servirle en algo? ¿Desea le lleve algún
mandado?
—Tal vez... tal vez... No por ahora... ¡Adiós!
—Disponga de mí, caballero, y cuente con una absoluta discreción.
«Pues señor —iba diciéndose Augusto al separarse de la portera—, ve aquí cómo he quedado
comprometido con esta buena mujer. Porque ahora no puedo dignamente dejarlo así. Qué dirá si no de
mí este dechado de porteras. ¿Conque... Eugenia Dominga, digo Domingo, del Arco? Muy bien, voy a
apuntarlo, no sea que se me olvide. No hay más arte mnemotécnica que llevar un libro de memorias en el
bolsillo. Ya lo decía mi inolvidable don Leoncio: ¡no metáis en la cabeza lo que os quepa en el bolsillo! A
lo que habría que añadir por complemento: ¡no metáis en el bolsillo lo que os quepa en la cabeza! Y la
portera, ¿cómo se llama la portera?»
Volvió unos pasos atrás.
—Dígame una cosa más, buena mujer...
—Usted mande...
—Y usted, ¿cómo se llama?
—¿Yo? Margarita.
—¡Muy bien, muy bien... gracias!
—No hay de qué.
Y volvió a marcharse Augusto, encontrándose al poco rato en el paseo de la Alameda.
Había cesado la llovizna. Cerró y plegó su paraguas y lo enfundó. Acercóse a un banco, y al
palparlo se encontró con que estaba húmedo. Sacó un periódico, lo colocó sobre el banco y sentóse.
Luego, su cartera, y blandió su pluma estilográfica. «He aquí un chisme utilísimo —se dijo—; de otro
modo, tendría que apuntar con lápiz el nombre de esa señorita y podría borrarse. ¿Se borrará su imagen
de mi memoria? Pero ¿cómo es? ¿Cómo es la dulce Eugenia? Sólo me acuerdo de unos ojos... Tengo la
sensación del toque de unos ojos... Mientras yo divagaba líricamente, unos ojos tiraban dulcemente de mi
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Gentileza de El Trauko
corazón. ¡Veamos! Eugenia Domingo, sí, Domingo, del Arco. ¿Domingo? No me acostumbro a eso de
que se llame Domingo... No; he de hacerle cambiar el apellido y que se llame Dominga. Pero, y nuestros
hijos varones, ¿habrán de llevar por segundo apellido el de Dominga? Y como han de suprimir el mío,
este impertinente Pérez, dejándolo en una P, ¿se ha de llamar nuestro primogénito Augusto P Dominga?
Pero... ¿adónde me llevas, loca fantasía?» Y apuntó en su cartera: Eugenia Domingo del Arco, Avenida
de la Alameda, 58. Encima de esta apuntación había estos dos endecasilabos:
De la cuna nos viene la tristeza
y también de la cuna la alegría...
«Vaya —se dijo Augusto—, esta Eugenita, la profesora de piano, me ha cortado un excelente
principio de poesía lírica trascendental. Me queda interrumpida. ¿Interrumpida?... Sí, el hombre no hace
sino buscar en los sucesos, en las vicisitudes de la suerte, alimento para su tristeza o su alegría nativas.
Un mismo caso es triste o alegre según nuestra disposición innata. ¿Y Eugenia? Tengo que escribirle.
Pero no desde aquí, sino desde casa. ¿Iré más bien al Casino? No, a casa, a casa. Estas cosas desde
casa, desde el hogar. ¿Hogar? Mi casa no es hogar. Hogar.. hogar... ¡Cenicero más bien! ¡Ay, mi
Eugenia!» Y se volvió Augusto a su casa.
II
Al abrirle el criado la puerta...
Augusto, que era rico y solo, pues su anciana madre había muerto no hacía sino seis meses
antes de estos menudos sucedidos, vivía con un criado y una cocinera, sirvientes antiguos en la casa a
hijos de otros que en ella misma habían servido. El criado y la cocinera estaban casados entre sí, pero no
tenían hijos.
Al abrirle el criado la puerta le preguntó Augusto si en su ausencia había llegado alguien.
—Nadie, señorito.
Eran pregunta y respuesta sacramentales, pues apenas recibía visitas en casa Augusto.
Entró en su gabinete, tomó un sobre y escribió en él: «Señorita doña Eugenia Domingo del Arco.
EPM.» Y en seguida, delante del blanco papel, apoyó la cabeza en ambas manos, los codos en el
escritorio, y cerró los ojos. «Pensemos primero en ella», se dijo. Y esforzóse por atrapar en la oscuridad
el resplandor de aquellos otros ojos que le arrastraran al azar.
Estuvo así un rato sugiriéndose la figura de Eugenia, y como apenas si la había visto, tuvo que
figurársela. Merced a esta labor de evocación fue surgiendo a su fantasía una figura vagarosa ceñida de
ensueños. Y se quedó dormido. Se quedó dormido porque había pasado mala noche, de insomnio.
—¡Señorito!
—¿Eh? —exclamó despertándose.
—Está ya servido el almuerzo.
¿Fue la voz del criado, o fue el apetito, de que aquella voz no era sino un eco, lo que le despertó?
¡Misterios psicológicos! Así pensó Augusto, que se fue al comedor diciéndose: ¡oh, la psicología!
Almorzó con fruición su almuerzo de todos los días: un par de huevos fritos, un bisteque con
patatas y un trozo de queso Gruyere. Tomó luego su café y se tendió en la mecedora. Encendió un
habano, se lo llevó a la boca, y diciéndose: «¡Ay, mi Eugenia!» se dispuso a pensar en ella.
«¡Mi Eugenia, sí, la mía —iba diciéndose—, esta que me estoy forjando a solas, y no la otra, no la
de carne y hueso, no la que vi cruzar por la puerta de mi casa, aparición fortuita, no la de la portera!
¿Aparición fortuita? ¿Y qué aparición no lo es? ¿Cuál es la lógica de las apariciones? La de la sucesión
de estas figuras que forman las nubes de humo del cigarro. ¡El azar! El azar es el íntimo ritmo del mundo,
el azar es el alma de la poesía. ¡Ah, mi azarosa Eugenia! Esta mi vida mansa, rutinaria, humilde, es una
oda pindárica tejida con las mil pequeñeces de lo cotidiano. ¡Lo cotidiano! ¡El pan nuestro de cada día,
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